Miré la caja de pastillas, eran tan diminutas que parecían inofensivas, de cien miligramos leí en un costado de la caja. Tomé cuatro, las ordené en hilera; con una taza las deshice firmemente. Coloqué el polvito en un papel celofán y lo guardé en mi cartera. Paciente me dispuse a esperar una oportunidad. Una de tantas ocasiones, llegué al departamento de Raquel, como siempre, entré muy despacio. Me detuve en la puerta de la recámara y la descubrí dormida; la contemplé en silencio; impactaba su cara de ternura. El único que la conocía era yo; yo me interné en su corazón, descubrí sus mentiras; sabía de qué era capaz. Regresó quién sabe de dónde. Se ausentaba los viernes y llegaba a dormir los domingos; mientras la contemplaba una sonrisa dulce se dibujó en sus labios. Abrió los ojos. Se incorporó sobresaltada, preguntó la hora; contesté que eran las cuatro de la tarde. Amodorrada pasó su mano derecha por la parte izquierda de su rostro y dijo que tenía que salir. Dije que no la había visto, que me permitiera disfrutar un poco de su cercanía; que la extrañaba; le pedí que no se fuera. Ni siquiera me miró. Se puso de pie, abrió su clóset; sacó una blusa. Al verla de espaldas caí en la cuenta de que la camisa que traía puesta era de hombre y que no era mía. Sentí rabia; me invadió un deseo de venganza.Le ofrecí agua; aceptó de mala gana. En la cocina mientras el rencor me ahogaba, vacié el contenido del papel celofán en un vaso; de repente me atrapó el gozo al pensar que tomaría cuatro pastillas. Me había dicho Juan Carlos, mi amigo el médico internista, que no le diera más de una pastilla porque podría morir. –Que se muera la infeliz— pensé regocijado.Sentí un placer inmenso la ver que bebió el contenido del vaso de un jalón. Ni notó mi alegría, continuó arreglándose como si nada. De repente las pastillas comenzaron a causar estragos. Se sentó a la orilla de la cama. No pudo más, se dejó caer pesadamente de espaldas. Por unos instantes la observé; después la moví, le grité, la maldije y al final, la escupí.Llamé a Eloísa por teléfono, fui descaradamente cursi con tal de lograr que aceptara acostarse conmigo en mi departamento; aceptó, como siempre que yo la necesitaba. Colgué el teléfono, envalentonado volví a mirar a Raquel y ahora si, reí como loco hasta que me dolió el estómago.> Siempre he pensado que Raquel tiene muchos problemas, que está sumida en una terrible ansiedad, en una depresión constantes, que sólo con ayuda psiquiátrica podría solucionar. Llegué a pensar que padecía personalidad múltiple y que en sus locas huidas trabajaba como teibolera. Pensaba así, porque le gustaba contemplarse las caderas en cuanto espejo encontrara en su camino. En su departamento lo hacía por largos periodos. Es más, ensayaba todos sus gestos, sus ademanes; fruncía sus labios a lado izquierdo entreabriendo la boca; su forma de pararse, ¡por Dios! que era de lo más sensual. En alguna ocasión una teibolera profesional me confió que la forma en la que ellas se comportaban con la clientela estaba muy estudiada frente al espejo, que se observaban, gesticulaban, hablaban y se desnudaban en repetidas ocasiones, hasta alcanzar la perfección. Salí del departamento burlándome; fui al encuentro de un rato de placer. Hice el amor como un loco puse en juego toda mi experiencia. Al rato, al contemplar la cara de satisfacción de Eloísa me hizo sentir imbatible. Pasadas las diez de la noche regresé; en el camino compré fruta y una hamburguesa, que ella devoró con avidez. Después se puso muy cariñosa y más tarde, casi de madrugada, empezó a besarme, a acariciarme. Yo reaccioné como macho y tuvimos relaciones; una, otra y otra vez más, como pocas veces nos pertenecimos sin recato. Desvergonzado sentí un indescriptible placer al momento del contacto. Las huellas de la batalla anterior de forma extraña me daban fuerza, me llenaban de potencia. Después me pidió que nunca la dejara, que era su ensamble ideal y quién sabe cuánta mugre más. Me dijo que ignoraba la razón por la que le había dado tanto sueño. Me confesó que tenía invitación a comer con uno de sus muchos amigos, que lamentaba el plantón pero que era mejor; además así no habría motivo de pleito entre nosotros. En silencio la escuché pero en mi cabeza todo era confusión. Con rabia la abracé, tenía que reconocer que la necesitaba, la emoción había sido impetuosa, necesitaba descansar. Lo increíble fue que aguantó cuatro pastillas de cien miligramos. Cuando se lo comenté a Juan Carlos, mi amigo el médico internista, al principio se puso serio, después se indignó; alzó la voz, me habló de Hipócrates, de la ética y quién sabe cuántas cosas más; al final reía igual que yo. “—Ha de ser muy aprehensiva— dijo. Yo creo que Raquel tiene muchos problemas, que sólo con tratamiento psiquiátrico podrá solucionar. No la entiendo, desde que le doy pastillas, se pone muy mal, explota muy fácil, por cualquier cosa le tiembla la cara, las manos y ya ni quiere trabajar, sólo quiere estar acostada y se la pasa repitiendo todo el día que tiene mucho sueño. No entiendo, las pastillas son sólo para dormir. Eso sí, duerme muy derechita y ya no sonríe como antes, pero la verdad se ve muy bonita, yo trato de animarla y hasta la pinto su carita; le doy consejos para que vea a sus amigos, para que salga, ¿pues que hace aquí encerrada? pero ya no sale, ya no quiere. Creo que necesita ayuda psiquiátrica, le he pedido a Juan Carlos, mi amigo el médico internista, que venga pero lo siento molesto, no ha venido y ya ni toma mis llamadas, no sé qué le molestó tanto. Estoy preocupado por Raquel, su problema ha de ser grave y creo que sólo con ayuda psiquiátrica saldrá adelante.
Jorge Tlatelpa - Mexico