Otto
 
Se despidieron como siempre, besándose con delicadeza pero en esta ocasión había una notable diferencia: ahora Rogelio se iba lleno de tristeza. La incredulidad de que su relación hubiera dado ese tremendo giro y terminado de esa manera, lo tenía perplejo, totalmente descompuesto. No supo cómo ni cuándo había terminado por aceptar esa confusa situación.
Beatriz lo vio alejarse indeciso. Se quedó inmóvil y pensativa pero un poco más convencida de la relación sin compromiso que había decidido vivir con él. Para auto-justificarse salpicaba a medio mundo una verborrea confusa, diciendo que a Enrique, su prometido, lo amaba desde aquellos años en que fueron novios en la universidad y que encontrarlo navegando por internet no era más que una muestra más de que él era su destino, que nada en este mundo era casualidad y que además compartían muchas cosas, cosas que poca gente entendería; por ejemplo, que ambos eran fanáticos del cantante guatemalteco Ricardo Arjona y que por si fuera poco ya hasta le había preparado unos chilaquiles verdes en su último viaje a Miami, Florida, lugar en donde él estaba acantonado pues se ganaba la vida como marine americano, defendiendo los colores de otra patria.
En poco tiempo todo cambió para Rogelio, pasó de ser novio oficial a ser el amigo diligente y solidario de Beatriz. En privado siguió ofreciéndole su amor, acompañándola a todas partes, haciéndola de chofer para que ella atendiera todo lo relacionado con la organización de la fiesta que darían con motivo de su inminente boda. La actitud de Rogelio cada vez se hacía más y más sumisa, rayaba en la estupidez. Antes de que cualquier pregunta se estrellara en su dignidad, se adelantaba diciendo que la prefería así, compartida; que era mejor una relación de esa naturaleza que la bola de mentiras que se dicen los bobos enamorados, engañándose a cada rato. Con amargura y en silencio llegó a escuchar las conversaciones melosas que sostenían los prometidos. Todo con tal de gozar hasta donde fuera posible la cercanía de su Beatriz; aspirar su perfume y sentir su cuerpo tierno, aunque ya no con la frecuencia que el quisiera, lo doblegaban.
En el fondo ella también lo amaba, lo amó desde su primer encuentro casual en la feria del libro en la ciudad de Guadalajara. De inmediato perdió la cabeza por sus besos y hasta estuvo dispuesta a vivir con él, si se lo hubiera pedido. Rogelio la encantó con su voz de jilguero borracho, su enorme presencia de casi dos metros de altura, sus brazos plásticos de narciso. Su personalidad sofisticada de jurista ostentoso, con gran reloj imitación de Mont Blanc en la muñeca de la mano izquierda y sus puros cubanos tiro largo, en la derecha. A la primera oportunidad Beatriz repetía incesante que era guapísimo, le daba igual que tuviera enfrente a hombres o mujeres. —Es mío— decía muy ufana.  
Bastaron dos meses para que de nueva cuenta cambiara todo en la vida de Rogelio; eso sin contar que cinco meses atrás aún vivía con Eloísa y que un año antes deseaba convertirse en padre por cuarta ocasión. Tampoco importaba mucho su primer divorcio y el proceso tortuoso e inacabable del segundo. El pretendido encuentro con sus hijos siempre estuvo en segundo plano, siempre había una razón para postergar la conversación que les debía.
—Es mejor que no los vea, les hago más daño estando cerca, que así, a lo lejos, como me conocieron— Repetía hasta la saciedad.
Vivir tres meses en soledad había sido tiempo suficiente para definir que su camino era estar cerca del los escenarios de Beatriz, por lo menos hasta que ella se casara. Su fortaleza venía de muy hondo pues juraba y perjuraba que ella sí era el verdadero amor de su vida.
—Es mi princesa—Decía para convencerse, esperando que el eco de sus palabras rebotaran en la vacuidad de la opinión de sus amigos pero suplicando en el fondo de su corazón que ella renunciara a esa idea de matrimonio, que la fue alejando más y más de su lado, hasta el final.  
En su casa Rogelio se sentía totalmente descompuesto. No tenía sosiego, ya no disfrutaba la lectura, su animosidad por la escritura que le llevó a ganar concursos regionales de cuento, de pronto se había esfumado. Toda la música que escuchaba era casi para quitarse la vida, como para cortarse las venas tan lentamente como lo permitieran las galletas de animalitos; el tema fundamental era el sufrimiento pero aún así, reconocía que estaba listo para cuando Beatriz lo llamara. Olvidó amigos. Se reconocía como jugador emergente de ese aberrante juego.
Cuando Beatriz no podía verlo los fines de semana él se la pasaba limpiando su casa; de la nada se convirtió en un ser obsesivo por la limpieza. Vivir en la línea divisoria en el estado de México, era lo peor que le había pasado; ir a trabajar y regresar le consumía casi cinco horas de su vida, de confusa vida; ese tiempo lo enfrentaba con amplios momentos de reflexión, obligándolo a pensar y repensar lo que haría con su vida en los próximos años y lo único que encontraba era una maraña de emociones sin sentido.
Admitía resignado la tan anunciada, lenta y dolorosa separación de Beatriz. Frecuentemente pensaba que era mejor que se fuera como todas las mujeres con quienes había compartido su vida; así nada más, que el día menos pensado despertara y le dijera que estaba cansada, frustrada, harta y ¡pum! adiós, seguro dolería menos que verla así, rebosante de alegría, escuchando sus planes de boda y su estúpida aspiración de alcanzar el sueño americano, que separándose tan lenta y dolorosamente. Es más, hasta tuvo la osadía de ayudarle a elegir  a los invitados y en ninguna de las listas, ni por asomo, apareció su nombre. Él aguantó callado, como hombre mediocre y avejentado, refugiado en un amor inexistente.
Al principio, para mitigar su desazón cada que tenía oportunidad Rogelio bebía como cosaco. A sus más de cuarenta años su estado de salud era envidiable; el hígado le funcionaba a la perfección; tenía una resistencia de joven alocado, esperaba ávido a que llegara el fin de semana para ir al cantabar de su primo Charly y ahí se la pasaba cantando hasta el amanecer. Con alcohol en la sangre se perdía en noches cómplices y no le importaba despertar en cualquier hotel de paso, después de desquiciantes ratos de placer con desconocidas; mañosamente, en todas las mujeres buscaba algo de Beatriz; su temperatura, la tersura de su piel, su cabello castaño y de ensortijado caprichoso, pero sobre todo su mirada, el brillo de sus ojos que lo lanzaba a encontrar un sentido cósmico de vida, cualquier detalle que le ayudara a recordarla era importante
Beatriz no era ajena a todo esto, él se lo comentaba como una especie de estúpida e inútil venganza. Verlo sufrir la dejaba pensando. En el fondo de su ser, haberlo amado la obligaba a sentir una gran compasión por él, pero de ninguna forma se atrevería a reconsiderar la situación. Ella ya había tomado una decisión y no la cambiaría por nada.
—La vida es una concatenación de decisiones y tienes que entenderlo, sólo así podrás crecer y madurar, “vidita”— Le decía al oído en abrazos interminables, sin dejar de sentir un cierto placer perverso, por la propia tentación de sentirse superior.
Además, pensaba que Rogelio se caracterizaba porque le costaba decidir y esa situación en su relación formal la había agotado y tal vez hasta empujado a vivir lo que ahora vivía. Pensaba en Eloísa, en Verónica, en Raquel y en sus hijos, en que todo era una mescolanza pútrida de emociones y sentimientos inmaduros.
Antes del adiós definitivo y como premio de consolación —para que su amor siguiera vivo— por lo menos por un tiempo más, Beatriz se atrevió a regalarle un perro de raza fina; un snauzer blanco con pedigree, de dos meses de edad. El día que se lo regaló, Rogelio escuchó con cara embobada, que era para que no se sintiera tan solo; sin saber por qué le dijo que se lo entregaba como muestra del profundo amor que le tenía.
—Mira sus ojitos, tiene una mirada llena de ternura, como el amor que nos hemos tenido ¡Mira cómo te busca, quiere que lo mimes — Decía Beatriz con una voz fingida y ridícula, pero convencida.
Juntos acordaron llamar Otto al cachorrito. Desde entonces Rogelio se dedicó a la atención del animal, en él materializó su deseo de significado de vida. Todo, absolutamente todo lo hacía con el cachorrito. Si iba al banco, al super, o a la tienda, lo llevaba, no quería ni separarse del animal; lo trepaba a su coche se lo llevaba a trabajar y lo dejaba encerrado hasta la hora de la comida pues su situación económica era crítica y comía en su oficina, desde luego acompañado por Otto. El animalito a cada momento que escuchaba la voz de Rogelio movía la cola, paraba las orejas y ponía cara de inquieta pregunta. De noche, Rogelio le platicaba todo lo vivido de nueva cuenta o le cantaba con la misma actitud que le cantaba a Beatriz; Otto se alborotaba y corría; daba vueltas y vueltas moviendo la cola, brincaba aquí y se revolcaba allá, hasta que Rogelio le decía con su voz aterciopelada:
 — ¡Ven Otto!— El cachorro se detenía. Se dejaba poner la pijama y se acurrucaba a su lado izquierdo. De madrugada con frecuencia Otto lamía la cara barbada de Rogelio y se echaba justo sobre su pecho hasta el amanecer. Hay que decir que la conducta de Otto era cada vez más y más humana o por lo menos su mirada.
De mañana Rogelio se metía a bañar, Otto llegaba derrapando y hacía lo mismo, después de hacer del cuerpo en la caja de arena que tenía en el patio (todos se preguntaban la razón por la que tenía una caja de arena, como los gatos, pero nunca nadie la supo) lamía el tobillo derecho de Rogelio y lo levantado juguetón; lo bañaba entre sus brazos con su shampoo preferido y le decía palabras melosas, a veces hasta ridículas, como las madres que fingen la voz pensando que sus hijos son estúpidos; si Rogelio había soñado con Beatriz hasta le cantaba las canciones que a ella le gustaban.
Así pasó el tiempo, Rogelio se fue convirtiendo casi en anacoreta, ya no salía, dicen que dejó de beber y de buscar mujeres y que ya no sufría, tanto, por Beatriz, que estoico enfrentaba un destino que no podía cambiar, que había decidido dar lo mejor de sí mismo a través de su propia transformación.
En una ocasión, Charly, su primo, fue a buscarlo a su casa; dice que por la ventana lo descubrió echado como perro, con los brazos cruzados y con la cabeza de lado derecho, platicando con el animal, que ya no era un cachorrito; cuando Rogelio le abrió la puerta, se topó con las paredes de la sala llenas de fOttografías y poemas en honor de Beatriz, y que con una sonrisa llena de melancolía le dijo:
—Ya no la extraño, ahora sí ya estoy en paz porque sé que ella es feliz—
Dice Charly que descubrió a un Rogelio sonriente pero fingiendo su total desamparo, que lo supo tan sólo de observar esa mirada tan llena de tristeza, como la de un perro recién apaleado.
Jorge Tlatelpa - Mexico