RECUERDOS
Era tardísimo, casi arrastré a mi hija Aura hasta llegar a la escuela. Corrí desaforado. Maldije al servicio del metro porque el convoy tardó más de los tres minutos y medio que normalmente le toma llegar de una estación a otra. Abordé, queriendo gritarle al conductor que avanzara lo más rápido posible, la estabilidad de mi empleo estaba en sus manos. En la siguiente estación se detuvo alrededor de siete minutos; desconsolado me dejé caer en un asiento individual, era inútil. Ya era demasiado tarde para tratar de llegar temprano. Convencido por la evidencia, me dispuse a leer el periódico. En esas estaba cuando escuché una voz casi apagada por el paso de los años.
—Muy buenos días damas y caballeros, este es un medio de transporte colectivo en el que viajan muchos jóvenes y creo que es la oportunidad para difundir la música que a mi me marcó la vida. Por esa razón quisiera rendir un homenaje, si ustedes me lo permiten, a grandes personalidades de la canción— dijo.
Sin voltear a verlo pensé que era un anciano tratando de ganarse algunos pesos para poder sobrevivir ese día y si tenía suerte tal vez hasta para echarse una teporocha, así es siempre.
Siguió: —En la época de oro del tango Carlos Gardel cantaba una canción llamada "Adiós muchachos"— Comenzó a interpretarla desafinado y con un estilo horrible.
Yo no pertenecí a esa época, sin embargo, crecí escuchando este tipo de música, música dolorosa, del alma, arrabalera. Me sentí tan a gusto con los recuerdos a flor de piel, que sin desearlo me transporté a días idos. Me imaginé trabajando de bolero en los baños públicos de la Nueva Atzacoalco; boleando miles de pares de zapatos. Reaccionando presuroso a los pedidos de la clientela, la política era; al cliente lo que pida. Desde un refresco preparado, hasta una damita, claro, pasando por las docenas de ostión y camarón que, de acuerdo a los que saben, dan mayor arranque. Recuerdo que cursaba el tercer año de primaria, era todavía un niño inocente. Ese ambiente me permitió crecer con la maldad a un costado y a veces a mis espaldas o de plano revolcándome en ella.
Era increíble la sensación de estar en el pasado que el anciano me provocaba. Ahora me sentía identificado con él, era como si mi pasado y su presente se conjugaran. Ya no pensaba que quisiera ganarse unos cuantos pesos, sino que era su forma de vivir. De cada melodía que interpretaba, yo conocía la letra, Agustín Lara, Fernando Fernández, María Luisa Landín, no sé de qué parte de mis recuerdos la sacaba, pero lo acompañaba en voz muy bajita. Fue tan gratificante el momento que olvidé mi prisa y el retraso del metro, sólo quería seguir escuchándolo. Envuelto en esos recuerdos levanté la mirada y me encontré con la suya, sus ojos denotaban cansancio, casi estaban cerrados por el paso de los años y el peso de las arrugas. Esbozó una tenue sonrisa y le respondí complacido. Seguimos observándonos, estudiándonos, cazándonos. De pronto un vuelco en el estómago me sobresaltó, con dificultad jalaba aire, me desabotoné la camisa y me quité la corbata, sentí la mirada curiosa de los demás pasajeros; nadie me dijo nada, nadie hizo nada, sólo su maldita curiosidad, su maldito morbo. Escuchaba a lo lejos la melodía. De mis manos y mi frente escurría sudor. La cabeza me daba vueltas, sentí que perdería el conocimiento. En ese preciso momento una sensación contraria me obligó a abrir los ojos desmesurados y me encontré de nuevo con los del anciano quien extendió sus brazos con ternura. Despareció la gente, ya no había nada, nadie, sólo tranquilidad, silencio. Con dificultad me incorporé del asiento. Sentí una paz sobrenatural, mi respiración se normalizó, era tan agradable que ya no me preocupé por el tiempo, conforme avanzaba sentía más y más tranquilidad, de verdad fue sublime. Toqué su mano derecha y me apretó con dulzura. Nos estrechamos, como padre e hijo. Descansé mi cabeza en su hombro. Me impresionó su fortaleza. Ya no puede contenerme y el nudo en mi garganta se desgarró y lloré, lloré como pocas veces me lo he permitido. Fue tan cálido su abrazo.
—En tres minutos aproximadamente reanudaremos el servicio— Se escuchó por las bocinas y de inmediato salí disparado al siguiente vagón.
—Es tan divina la vida y los recuerdos son para vivirse. Permítanme que les interprete esta canción de Don Carlos Gardel, espero que les agrade y ojalá alguien la guarde en su corazón y la recree con su memoria, yo no sé cantar pero quisiera recordar— dije. Desafinado y con estilo horrible comencé a cantar.
Jorge Tlatelpa
Mexico