Trinchera del sinsentido
Les describiré mi pequeño mundo, mi bóveda celeste, el espacio en el que se retuercen mis miedos y mis fantasmas confundiéndose con la oscuridad que me acompaña.
Mi habitación es muy simple, tiene todo lo de aquellas que pertenecen a hombres simples con una vida simple y no tendría mucho que decir de ella, si acaso no tuviera el sortilegio de capturar los humores de las mujeres que, a hurtadillas, se han metido a mi cama como ladronas de humedades. Sin duda, alguien diría que solo soy un ser exagerado porque a la legua se nota que no soy un hombre hermoso, pero quien me conoce, sabe que poseo armas efectivas, que no son fáciles de igualar. Antes que ser un adonis, un narciso musculoso o un pachuco de barriada, soy palabra cautivante que no necesita más, porque mi labia adormece y embelesa a la mujer decepcionada.
Ya les he comentado que los muebles no me pertenecen pero ahora confieso que ya tienen mucho de mí. Los buroes son fundamentales, cada uno tiene tres cajones y cada cajón tiene una función muy especial. Por ejemplo: el tercer cajón de abajo para arriba del buró de la derecha, conserva mi cuerda para saltar y mis polainas para correr; el de en medio está destinado a la ropa deportiva y el tercero ese sí que es imprescindible porque cada vez que tengo visita femenina lo entreabro tramposamente con el objeto específico de atrapar las palabras y los susurros que me dicen al oído, para que en momentos de absoluta contrición pueda abrirlo plenamente dejándolas escapar para que invadan con absoluta libertad mi atmósfera como manto protector de mi alma enamorada.
La gran cortina de la ventana, que más bien parece telón de teatro porque cubre de piso a techo el espacio, se creería que al correrla aparecerá un hombre con un soliloquio sobre los demonios del placer o con un canto plañidero a los pasajes hermosos de la vida, pero no, no es así; al abrirla lo único que se puede observar es la ventana del departamento vecino, igualito al mío.
También los cuadros y los demás muebles juegan un papel fundamental en la constelación de mi vida porque actúan en el momento preciso y cuando me siento solo he aprendido a platicar con ellos. Son ahora la familia que me mima y me llama la atención cuando equivoco el camino. No sé ustedes, pero a mí me pasa que cuando el comedor o la sala están desordenados me lo gritan a la cara y exigen atención. Entonces me esmero en tenerlos intachables sin nada que pueda incomodarlos, son los que me reciben y hay que agradecer su buena cara pues suele ser divertido platicarles los pormenores de mi día.
A últimas fechas he traído mi colección de fotografías y ya las he guardado en un cajón del mueble de la televisión. Lo abro sólo cuando quiero sumergirme en el mar de los suspiros evocando los pasados que no tuvieron ninguna posibilidad en el presente.
Esta es mi habitación, trinchera del sinsentido, bunker del pecado, fábrica de olvidos y cosmos habitable de corazones áridos y desconocidos.
Jorge Tlatelpa
Mexico